Hermoso culto el domingo 3 de agosto, marcado por la presencia del Señor y un mensaje profundo y desafiante compartido por nuestro pastor Leonardo Mora. Basado en Hechos 3:6, se nos recordó el poderoso momento en que Pedro, sin poseer plata ni oro, ofreció algo infinitamente más valioso: sanidad y restauración en el nombre de Jesucristo. Este pasaje nos enseña que la verdadera riqueza no está en lo material, sino en el poder del nombre de Jesús, capaz de transformar vidas, levantar al caído y traer esperanza donde parece no haberla. Durante el mensaje, también se abordó una reflexión clave para nuestros tiempos: la diferencia entre ser simplemente un evangélico y ser un verdadero discípulo de Cristo. El evangélico puede definirse por una identidad o por una tradición, alguien que se identifica con la fe de manera externa o por costumbre. En cambio, el discípulo es aquel que ha tomado una decisión consciente de seguir a Jesús, dejando atrás su antigua manera de vivir para caminar en obediencia, transformación y acción. El discípulo no solo oye la Palabra, la pone por obra. No se conforma con asistir, sino que se deja moldear. Es alguien que vive para servir, que ama como Cristo amó y que permite que el Espíritu Santo guíe cada área de su vida. Fue una jornada de bendición, confrontación y renovación, que nos animó a no conformarnos con ser creyentes de palabra, sino a vivir como discípulos que marcan la diferencia en este mundo, reflejando el carácter de Cristo en todo lo que hacemos.
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